LA BOLSA DE CULPAS

Marlene Le Fever

Cualquiera entra al escenario, obviamente feliz, despreocupado, indiferente. Simula silbar, mueve los brazos, salta.

Entonces ve la bolsa. Se detiene, y la examina de cerca sin tocarla. Es obvio que queda impresionado.

Muestra con su actitud que quiere guardar el secreto. Mira de un lado al otro. Despacio, sigilosamente, estrecha la mano.

Agarra la bolsa y sale de allí caminando con rapidez. Se ve tremendamente orgulloso de sí mismo, muy emocionado por lo que ha agarrado.

Una vez más mira a derecha y a izquierda hasta comprobar que nadie lo ha visto. Se sienta en el piso con la bolsa delante de sí. Se estrecha para abrirla, pero cuando lo hace, su rostro de repente pierde el fulgor de alegría.

Muy despacio, y tímidamente, mira hacia arriba, con temor.

Recuerda que Dios lo ha visto. Mueve la vista varias veces desde la bolsa al cielo raso. De nuevo cambia su actitud. Se estrecha con amor hacia la bolsa y la acaricia. Luego mira hacia arriba, con agresividad y terquedad en el rostro.

Se levanta y trata de esconder la bolsa tapándola con su cuerpo para que Dios no la vea, pero se da cuenta de que esa es en una posición imposible e incómoda.

De pronto se le ocurre algo. Con una mano se estrecha hacia arriba, pero sostiene firmemente la bolsa con la otra. Pero algo está mal. Evidentemente, no puede hallar a Dios. Con la mano hace sombra y mira hacia arriba. Sacude la cabeza con tristeza porque no lo puede hallar.

Por fin, sosteniendo con un solo dedo la bolsa, mueve todo el cuerpo tan lejos de ella como es posible. Otra vez mira hacia arriba, como buscando. Triste y frustrado limpia una lágrima del ojo.

Por última vez mira la bolsa. Luego, con un movimiento decisivo, saca la mano de la bolsa, mira hacia arriba, y asiente con la cabeza. Ha tomado la decisión de seguir a Dios.

Con la espalda hacia la bolsa, levanta las manos hacia el cielo. Sonríe. Se abraza y golpea los tacos. Por primera vez, desde que divisó la bolsa, se ve feliz. Sin volver a mirar la bolsa, con gozo dibujado en el rostro, pasa junto a la bolsa y sale del escenario.

Pueden ser útiles para los alumnos algunas preguntas de intercambio de ideas como éstas:

  • ¿Qué sentiste al mirar esta pantomima?
  • La bolsa representa cosas que nos separan de Dios. ¿Qué pecados específicos puede la bolsa representar para Cualquiera?
  • ¿Cómo cambiaron tus sentimientos hacia Cualquiera durante la lucha que tuvo entre su deseo de agradar a Dios y su amor por la bolsa?
  • ¿Qué sentimientos crees que tuvo Cualquiera hacia el final de la pantomima? ¿Has tenido alguna victoria semejante en tu vida en una lucha con alguna “bolsa”? Expresa cómo te sentiste cuando por fin decidiste pedir perdón a Dios y seguirlo.

Usted puede agregar una segunda parte a “La bolsa de culpas”.

Hágalo después que los alumnos hayan intercambiado ideas sobre la pantomima. Ponga otra vez la bolsa de culpas delante de los alumnos.

Sea usted Cualquiera. Camine alrededor de la bolsa. Mírela. Estreche la mano hasta casi tocarla. Retire la mano. Parezca avergonzado.

Camine hacia otro lado, pero mire hacia atrás. Camine despacio hacia la bolsa y estreche la mano. Dé un salto para alejarse. Acérquese una tercera vez y tóquela brevemente. Aléjese ligeramente, muy complacido consigo mismo.

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