
Durante muchos años pensé que la adoración era un momento específico: un servicio dominical, una canción bien interpretada o un ambiente cuidadosamente preparado. Sin embargo, al profundizar en Caminar en Adoración, mi perspectiva cambió radicalmente. Comprendí que la adoración no es un evento aislado, sino una forma de vivir.
El libro lo expresa con una claridad que me confrontó profundamente:
“La esencia de nuestra adoración es el enfocarnos en Dios –amarlo, conocerlo, desear lo que Él desea y participar en lo que Él está haciendo. Necesitamos redescubrir el anhelo de la presencia de Dios en cada aspecto de nuestras vidas.”
Esa frase me obligó a hacerme una pregunta incómoda: ¿realmente estoy enfocado en Dios en cada aspecto de mi vida… o solo en los momentos religiosos?
Había reducido la adoración a un espacio físico. Pero el autor insiste en que no se limita “a un servicio o a un edificio”. Y cuando leí:
“Vivimos una vida de adoración no solamente el domingo por la mañana… Fuimos creados para adorarle y no dejamos de ser Su creación cuando salimos de la iglesia”,
entendí que había fragmentado mi vida en compartimentos: lo espiritual y lo cotidiano. Como si Dios solo estuviera interesado en lo primero.

Caminar en adoración
Un libro profundamente formativo que invita al lector a redescubrir la adoración no como un acto limitado al culto congregacional, sino como un estilo de vida continuo delante de Dios.
Jesús mismo confrontó esa mentalidad cuando habló con la mujer samaritana. El libro recuerda que Dios busca adoradores “en espíritu y en verdad”. Y añade algo que cambió mi manera de pensar:
“Los verdaderos adoradores, los que Dios busca, nunca se limitan o segmentan su adoración a Dios a un momento, lugar, ubicación, formato, etc.”
Segmentar. Esa palabra describía exactamente lo que yo hacía.
También me impactó profundamente la advertencia tomada de Apocalipsis:
“¡Recuerda de dónde has caído! Arrepiéntete y vuelve a practicar las obras que hacías al principio.”
Cuán fácil es perder el primer amor. El autor lo expresa así:
“¡Qué fácil es alejarse de nuestro primer amor! Las distracciones de la familia, el ganar el sustento diario, las reuniones y los programas en la iglesia…”
Me vi reflejado en esa lista. No había abandonado la fe, pero sí había perdido intensidad. Seguía sirviendo, organizando, cantando… pero ¿seguía ardiendo?
Entonces entendí algo que transformó mi visión: la adoración no se trata de lo que hago para Dios, sino de cómo vivo con Él.
El libro denuncia con valentía una confusión moderna:
“La crisis actual de la adoración no es una crisis de forma, sino de espiritualidad.”
Cuántas veces discutimos estilos musicales, formatos, preferencias. Pero el problema real no es externo, sino interno. No es el instrumento; es el corazón.
También me confrontó esta declaración:
“La adoración deja de ser adoración cuando nuestro enfoque se empieza a desviar hacia el estilo, la preferencia y el formato.”
Tuve que reconocer que muchas veces evalué la adoración según si me gustaba o no. Pero la adoración no es para mí. Es para Dios.
Aprendí que vivir en adoración implica reconocer Su presencia en lo cotidiano. El autor escribe:
“Dios siempre está obrando en nuestras vidas. Él está interesado en conocernos íntimamente.”
Eso significa que puedo adorar mientras trabajo, mientras conduzco, mientras converso. Que mi reacción ante el estrés puede ser adoración. Que mi integridad en lo secreto puede ser adoración.
Adorar en verdad, dice el libro, implica sinceridad:
“Adoramos a Dios con un corazón abierto y sincero. No adoramos con una máscara puesta.”
Cuántas veces canté con una sonrisa mientras por dentro estaba seco. Adorar en verdad me exige traerle a Dios también mi tristeza, mi duda, mi cansancio.
Hoy entiendo que caminar en adoración es vivir consciente de Él. Es recordarme constantemente que soy hijo de un Dios vivo. Que mi día no está dividido en sagrado y secular. Que cada decisión puede honrarlo.
Ya no quiero que mi adoración sea solo un momento emotivo. Quiero que sea mi estilo de vida. Quiero que, al final de mis días, pueda decir que no solo canté canciones, sino que aprendí a caminar con Él.
Y cada mañana vuelvo a escuchar esa invitación final del libro:
“Bienvenido al caminar en adoración… donde la adoración y la vida se interceptan.”
Ahí es donde quiero vivir.



