
Nunca olvidaré el relato del parque Allan Gardens. Jóvenes reunidos en medio de la oscuridad, rodeados de violencia y miedo, levantando alabanzas. Esa escena redefinió para mí lo que significa adorar.
El libro describe el ambiente:
“El parque estaba oscuro y daba miedo… Las esquinas oscuras proveían una amplia penumbra que ayudaba a cubrir las citas sexuales secretas, la venta de drogas y otros actos ilícitos.”
No era un auditorio cómodo. No era un congreso cristiano. Era un lugar marcado por el pecado y la desesperanza.
Y sin embargo:
“Marcharon a lo largo del parque hacia el lugar donde estaba la lucha, cantando alabanzas para Dios todo el tiempo.”
Esa imagen me confronta. ¿Estoy dispuesto a llevar mi adoración fuera de los espacios seguros?
La proclamación pública del amor por Dios también es adoración:
“La proclamación pública de nuestro amor por Dios, es la adoración.”
Adorar no es escapar del mundo. Es entrar en él con la luz de Cristo.
El libro insiste en que todo comienza con nuestro estilo de vida:
“Siempre el punto de partida será nuestro estilo de vida: la manera en que contamos nuestros testimonios… cómo reaccionamos cuando vienen los problemas…”
Mi reacción ante la dificultad es adoración. Mi forma de tratar a los demás es adoración.
También me impactó el capítulo sobre el costo. Aquellos jóvenes que respondieron al llamado entendieron algo profundo:
“Querían algo por lo que valiera la pena vivir, porque era algo por lo que valía la pena morir.”
Eso es adoración radical.
La historia de los mártires lo confirma:
“Sus tormentos eran tantos, y su paciencia tan grande… ‘¡Grande es el Dios de los Cristianos!’”
Adorar en medio del sufrimiento tiene un poder evangelístico impresionante.

Caminar en adoración
Un libro profundamente formativo que invita al lector a redescubrir la adoración no como un acto limitado al culto congregacional, sino como un estilo de vida continuo delante de Dios.
Y luego está esa enseñanza hermosa sobre encontrar a Dios en lo cotidiano. La historia del estudiante que llevó una bolsa con “viento” me marcó:
“Me gusta sentarme en la base de un gran árbol con los ojos cerrados, sentir el viento en mi cara y escuchar cómo las hojas le aplauden a Dios.”
Y la Escritura citada:
“¡A su paso, las montañas y las colinas prorrumpirán en gritos de júbilo y aplaudirán todos los árboles del bosque!” (Isaías 55:12)
La creación adora. ¿Y yo?
El autor nos anima:
“Los animo a buscar símbolos en las cosas que normalmente se encuentran a diario para que señalen algo que hable de Dios…”
Eso significa que mi trabajo puede ser altar. Mi vecindario puede ser altar. La ciudad puede ser altar.
Hoy entiendo que caminar en adoración es vivir con los ojos abiertos. Es ver la huella de Dios en cada rincón. Es proclamar su nombre no solo con canciones, sino con acciones.
La oscuridad no es obstáculo para la adoración. Puede convertirse en escenario para que su luz brille más.
Y cuando vivo así, la adoración deja de ser un momento… y se convierte en misión.



