Llamados a Ser: El Poder Transformador de la Santidad en la Vida del Creyente

Hay palabras que resuenan como antiguas, olvidadas o incómodas en la iglesia contemporánea. Una de ellas es “santidad”. En muchas congregaciones, la sola mención de esta palabra provoca resistencia. Para algunos, suena a legalismo; para otros, a exigencias imposibles. Pero la Escritura nos recuerda insistentemente que la santidad no es un accesorio opcional en la vida cristiana, sino el corazón mismo del llamado de Dios. Luciano Subirá, en El impacto de la santidad, nos lleva de la mano a redescubrir esta verdad trascendental.

John Bevere lo expresa con claridad en el prólogo: “Sin santidad nadie verá al Señor”. No se trata de una advertencia opresiva, sino de una invitación amorosa a entrar más profundamente en la presencia de Dios. La santidad no es un castigo, sino un privilegio; no es una carga, sino una puerta abierta a comunión más íntima con el Padre.


Un clamor por santidad en tiempos modernos

Luciano Subirá relata cómo, en 2008, una simple conferencia sobre santidad para líderes terminó convirtiéndose en un movimiento espiritual creciente. Lo que comenzó como un encuentro improvisado, pronto se transformó en una convocatoria nacional que atravesó Brasil. La razón es evidente: había hambre. Había sed. Había un clamor profundo por una vida cristiana auténtica, recta y poderosa.

En 2017, mientras ministraba, un profeta desconocido para Subirá confirmó con una palabra sorprendente la necesidad de expandir este mensaje: Dios lo estaba levantando para restaurar “el estándar sacerdotal de Sadoc”. Esta imagen bíblica alude a ministros que permanecen fieles cuando otros se desvían, personas que escogen la santidad antes que la popularidad, el compromiso antes que el aplauso.

Esa confirmación impulsó a Subirá no solo a llevar la conferencia a todo el país, sino también a escribir este libro para plasmar de manera sistemática un mensaje que la iglesia del siglo XXI necesita desesperadamente: la santidad no es una opción; es un llamado divino.


El llamado de Dios es primero al ser, no al hacer

Uno de los aportes más profundos del libro aparece al inicio del capítulo “El llamamiento para ser santo”. Allí Subirá subraya que, aunque solemos asociar “llamado” con servicio, Dios primeramente nos llama a ser, no simplemente a hacer. Pablo lo expresa así: “llamados a ser santos” (Romanos 1:7). La prioridad no es la productividad, sino el carácter.

En la cultura cristiana actual, parece que hemos invertido los términos. Nos preocupamos por formarnos en oratoria, liderazgo, administración, relaciones interpersonales, coaching y otras habilidades necesarias. Todo esto es valioso. Pero Subirá señala un problema grave: muchas veces, estas competencias han reemplazado al carácter como la base del ministerio. Hemos producido ministros hábiles… pero no necesariamente santos.

El pastor anglicano J. C. Ryle advertía lo mismo hace más de un siglo: la santidad personal ha “caído tristemente al patio trasero”. Y la consecuencia es devastadora: líderes sin carácter generan congregaciones sin referencia moral. Nadie sube más alto que el estándar de quienes lo guían.


¡Santidad! Es una palabra que ni siquiera podemos mencionarla en muchas iglesias hoy en día. No porque sea profana, inapropiada u ofensiva. A menudo es rechazada porque muchos la asocian con el legalismo y el merecimiento de la salvación por medio de las buenas obras.


Santidad: un mandamiento, no una sugerencia

En 1 Pedro 1:14–16, el apóstol declara: “Sed santos, porque yo soy santo”. Este no es un consejo espiritual; es un mandato directo. Subirá enfatiza que la santidad no es un accesorio opcional, sino una orden divina. Y esa orden está arraigada en nuestra identidad. Antes éramos hijos de desobediencia; ahora somos partícipes de la naturaleza divina. La santidad fluye de lo que somos en Cristo, pero también exige decisión y obediencia.

A. W. Tozer, citado en el libro, advierte que muchos creyentes leen este mandamiento como quien hojea un menú, escogiendo lo que más le gusta. Pero no se nos concedió el derecho de seleccionar qué obedecer y qué ignorar. Dios no nos invita a evaluar Su voluntad; nos llama a someternos a ella.


Participar de la naturaleza divina: el secreto para vivir en santidad

Subirá confronta una pregunta crucial: ¿cómo es posible vivir una vida santa en un mundo corrompido? La respuesta está en 2 Pedro 1:3–4: Dios nos ha dado “todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad”, y lo ha hecho a través de Su naturaleza misma. No estamos solos en este proceso. La santidad no se alcanza con fuerza humana, sino con la gracia capacitadora de Dios obrando en nosotros.

Jesús es nuestro modelo y nuestro destino: fuimos predestinados a ser conformados a Su imagen (Romanos 8:29). Somos transformados “de gloria en gloria” por la obra del Espíritu (2 Corintios 3:18). La santidad, entonces, no es solo esfuerzo, sino transformación progresiva por la presencia divina.


El peligro de hacer sin ser

El libro advierte con fuerza que muchos creyentes confunden actividad espiritual con madurez espiritual. Jesús mismo enseña que habrá quienes profeticen, expulsen demonios y hagan milagros… pero Él no los reconocerá (Mateo 7:22–23). No porque sus obras fueran falsas, sino porque su corazón no estaba rendido en santidad. La productividad nunca sustituye al carácter.

En Apocalipsis 2, Jesús reconoce el arduo trabajo de la iglesia de Éfeso, pero la reprende por haber abandonado su primer amor. Y amenaza con “quitar el candelero”, es decir, retirar la autoridad espiritual y la misión. Dios no negocia la santidad. No acepta un ministerio brillante que brota de un corazón contaminado.


Isaías: antes del “Heme aquí”, la purificación

Subirá termina esta sección recordando el ejemplo de Isaías. Antes de responder: “Heme aquí, envíame a mí”, el profeta reconoció su propia impureza frente a la santidad divina. Solo después de ser tocado con el carbón del altar, su culpa fue quitada y su pecado purificado (Isaías 6:5–7). La misión nace del encuentro con la santidad de Dios. Nadie puede servir eficazmente a Dios si no se rinde a Su fuego purificador.


Conclusión: santidad que transforma vidas y ministerios

La iglesia moderna necesita urgentemente volver al diseño original de Dios: una comunidad marcada por la santidad. No por perfeccionismo, sino por consagración. No por legalismo, sino por amor. No por miedo, sino por deseo de agradar al Padre.

Dios está llamándonos —a líderes, a servidores, a familias, a jóvenes, a ancianos— a recuperar la pureza del corazón, la integridad del carácter y la belleza de una vida entregada. Y cuando la santidad vuelve, el avivamiento no tarda. Como dijo Billy Graham, “todo avivamiento verdadero comienza con un retorno a la santidad de Dios”.

Que este mensaje nos impulse a responder con humildad:
“Señor, antes de enviarme… santifícame”.